The Ultimate Hidden Truth of the World, p 78

On the phenomenon of Bullshit Jobs. Sobre el fenómeno de los trabajos de mierda.
Sobre el fenómeno de
los trabajos de mierda
y otros textos
Traducción revisada y adaptada por la publicación Todo por Hacer
En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que, para finales
del Siglo XX, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que
países como Gran Bretaña o EEUU hubieran conseguido una semana
laboral de 15 horas. Hay muchas razones para creer que estaba en lo
cierto: en términos tecnológicos, seríamos perfectamente capaces. Y
sin embargo, nada más lejos de la realidad. En su lugar la tecnología
ha sido empleada para inventar maneras de hacernos trabajar más a
todos/as. Para alcanzar este fin ha habido que crear puestos de tra-
bajo que son, a todas luces, inútiles. Gran cantidad de personas, sobre
todo en Europa y Norteamérica, pasan la totalidad de su vida laboral
desempeñando tareas que, en el fondo, creen bastante innecesarias. El
daño moral y espiritual derivado de estas situaciones es profundo. Se
trata de una cicatriz sobre nuestro alma colectiva. Sin embargo, apenas
se habla sobre el tema.
¿Por qué nunca llegó a materializarse la utopía prometida por
Keynes (aún esperada con impaciencia en los años 1960)? La respuesta
más manida hoy en día dice que no supo predecir el incremento masivo
del consumismo. Ante la elección de currar menos horas u obtener
más juguetes y placeres hemos, colectivamente, optado por la segunda
opción. Si bien esto daría para una bonita historia moralista, una breve
reflexión nos demuestra que no se puede tratar de eso, que la respuesta
no es tan sencilla. Sí, hemos sido testigo de la creación de una variedad
interminable de nuevos trabajos e industrias desde la década de los
años 1920, pero muy pocos tienen algo que ver con la producción y
distribución de sushi, iPhones o zapatillas deportivas molonas.
¿Entonces cuáles son estos nuevos trabajos, exactamente? Un estudio
reciente comparando la situación del empleo en EEUU entre 1910 y
2000 nos da una respuesta bastante clara (y extrapolable a los países
europeos). A lo largo del siglo pasado el número de trabajadores/as
empleados/as como personal de servicio doméstico, en la industria y
en el sector agrícola se ha desplomado de forma dramática. Al mismo
tiempo, las categorías de “profesionales, directivos, administrativos,
comerciales y trabajado res de servicios varios” han triplicado sus
números, creciendo “de un cuarto a tres cuartos del empleo total”. En
otras palabras, los trabajos productivos, exactamente como se predijo,
han sido en gran parte sustituidos por procesos automatizados (incluso
si contamos a los/as trabajadores/as de la industria globalmente, inclu-
yendo a las masas trabajadoras en India y China, el número de estos/as
trabajadores/as sigue estando lejos de alcanzar el gran porcentaje de la
población mundial que suponía antes).
Pero en lugar de permitir una reducción masiva de horas de trabajo
que permitiera a la población mundial dedicarse a la consecución de
sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos visto la infla-
ción no tanto del sector “servicios” como del sector administrativo,
incluyendo la creación de industrias enteras como la de los servicios
financieros o el telemarketing, o la expansión sin precedentes de sec-
tores como el del derecho empresarial, la administración educativa y
sanitaria, los recursos humanos y las relaciones públicas. Y estas cifras
ni siquiera reflejan a todas aquellas personas cuyo trabajo consiste en
proporcionar soporte administrativo, técnico o de seguridad para es tas
industrias, o, es más, todo un sinfín de industrias secundarias (pasea-
dores de perros, repartidores nocturnos de pizza), que solo existen
porque todo el mundo pasa la mayoría de su tiempo trabajando en
todo lo demás.
Estos son a los que yo propongo llamar trabajos de mierda. Trabajos
absurdos.
Es como si alguien estuviera por ahí inventando trabajos inútiles
por el mero hecho de mantenernos a todos/as trabajando. Y aquí, pre-
cisamente, radica el misterio. En el capitalismo, esto es precisamente lo
que se supone que no debería pasar. Por supuesto, en los viejos e inefi-
cientes Estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo
era considerado tanto un derecho como un deber sagrado, el sistema
inventaba tantos puestos de trabajo como era necesario (esto es por
lo que en los grandes almacenes soviéticos había tres dependientes/
as para vender un trozo de carne). Pero, desde luego, este es el tipo de
problema que la competencia generada por el libre mercado se suponía
que solucionaba. De acuerdo con la teoría económica, al menos, lo
último que una empresa con ánimo de lucro pretende hacer es pagar
dinero a trabajadores/as a los/as que realmente no necesita emplear.
Sin embargo, de alguna manera, esto ocurre.
A pesar de que las empresas pueden efectuar implacables reduc-
ciones de plantilla, los despidos y las prejubilaciones invariablemente
caen sobre la gente que realmente está haciendo, moviendo, reparando
y manteniendo cosas; por una extraña alquimia que nadie consigue
explicar, el número de burócratas asalariados en el fondo parece
aumentar, y más y más empleados/as se ven a sí mismos/as, en realidad
de forma no muy diferente a los/as trabajadores/as soviéticos/as, traba-
jando 40 o incluso 50 horas semanales sobre el papel, pero trabajando
efectivamente 15 horas, justo como predijo Keynes, ya que el resto de
su tiempo lo pasan organizando y asistiendo a cursillos de motivación,
actualizando sus perfiles de Facebook o descargando temporada tras
temporada de series de televisión.
La respuesta, evidentemente, no es económica: es moral y política.
La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población feliz y pro-
ductiva con tiempo libre es un peligro mortal (piensa en lo que comenzó
a suceder cuando algo solo moderadamente parecido empezó a existir
en los años 1960). Y, por otro lado, la sensación de que el trabajo es un
valor moral en sí mismo, y que cualquiera que no esté dispuesto/a a
someterse a algún tipo de intensa disciplina laboral durante la mayor
parte de su tiempo no se merece nada, es extraordinariamente conve-
niente para ellos/as.
Una vez, al contemplar el crecimiento aparentemente intermi-
nable de responsabilidades administrativas en los departamentos aca-
démicos británicos, se me ocurrió una posible visión del infierno. El
infierno como un grupo de individuos que se pasan la mayor parte de
su tiempo trabajando en una tarea que no les gusta y que no se les da
especialmente bien. Digamos que fueron contratados/as por ser exce-
lentes ebanistas, y entonces descubren que se espera de ellos/as que
pasen una gran parte del tiempo tejiendo bufandas. La tarea no es real-
mente necesaria, o al menos hay un número muy limitado de bufandas
que es necesario tejer. Pero, de alguna manera, todos/as se obsesionan
tanto con el rencor ante la idea de que algunos/as de sus compañeros/
as de trabajo podrían dedicar más tiempo a fabricar muebles, y no a
cumplir su parte correspondiente de confección de bufandas, que al
poco tiempo hay interminables montones inútiles de bufandas mal
tejidas acumulándose por todo el taller, y es a lo único que se dedican.
Creo que esta realmente es una descripción bastante precisa de la
dinámica moral de nuestra economía.
Bueno, soy consciente de que cada argumento va a encontrar obje-
ciones inmediatas: “¿quién eres tú para determinar qué trabajos son
realmente ‘necesarios’? De todos modos, ¿qué es necesario? Tú eres
profesor de antropología, ¿qué ‘necesidad’ hay de eso?” Y a cierto
nivel, esto es evidentemente cierto. No existe una medida objetiva de
valor social.
No me atrevería a decirle a alguien que está convencido de que está
haciendo una contribución significativa al mundo de que, realmente,
no es el caso. ¿Pero qué pasa con aquellas personas que están conven-
cidas de que sus trabajos no tienen sentido alguno? No hace mucho
volví a contactar con un amigo del colegio al que no veía desde que
tenía 12 años. Me sorprendió descubrir que, en este tiempo, primero
se había convertido en poeta y luego en el líder de una banda de indie
rock. Había oído algunas de sus canciones en la radio sin tener ni idea
de que el cantante era alguien a quien conocía. Él era obviamente bri-
llante, innovador, y su trabajo indudablemente había alegrado y mejo-
rado la vida de gente en todo el mundo. Sin embargo, después de un
par de discos sin éxito había perdido el contrato y, plagado de deudas
y con una hija recién nacida, terminó, como él mismo dijo, “tomando la
opción por defecto de mucha gente sin rumbo: la facultad de derecho.”
Ahora es un abogado empresarial que trabaja en una destacada
empresa de Nueva York. Él es el primero en admitir que su trabajo no
tiene absolutamente ningún sentido, no contribuye en nada al mundo
y, a su propio juicio, realmente no debería existir.
Hay muchas preguntas que uno se puede hacer aquí, empezando
por, ¿qué dice esto sobre nuestra sociedad, que parece generar una
demanda extremadamente limitada de poetas y músicos con talento,
pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho
empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla la mayoría
de la riqueza disponible, lo que llamamos “el mercado” refleja lo que
ellos/as piensan que es útil o importante, no lo que piensa cualquier
otra persona.) Pero aún más, muestra que la mayoría de la gente con
estos empleos en el fondo es consciente de ello. De hecho, no estoy
seguro de haber conocido a algún/a abogado/a empresarial que no
pensara que su trabajo era absurdo. Lo mismo pasa con casi todas los
nuevos sectores anteriormente descritos. Hay una clase entera de pro-
fesionales asalariados/as que, si te encontraras con ellos/as en fiestas y
admitieras que haces algo que podría ser considerado interesante (un
antropólogo, por ejemplo), querrán evitar a toda costa hablar de su
propio trabajo. Dales un poco de alcohol, y lanzarán diatribas sobre lo
inútil y estúpido que es en realidad la labor que desempeñan.
Hay una profunda violencia psicológica en todo esto. ¿Cómo puede
uno empezar a hablar de dignidad en el trabajo cuando secretamente
siente que su trabajo no debería existir? ¿Cómo puede este hecho no
crear una sensación de profunda rabia y de resentimiento? Sin embargo
una peculiar genialidad de nuestra sociedad es que sus dirigentes
han descubierto una forma, como en el caso de los/as tejedores/as de
bufandas, de asegurarse que la rabia se dirige precisamente contra
aquellos/as que realmente tienen la oportunidad de hacer un trabajo
valioso. Por ejemplo: en nuestra sociedad parece haber una regla
general por la cual, cuanto más evidente sea que el trabajo que uno
desempeña beneficia a otra gente, menos se percibe por desempeñarlo.
De nuevo, es difícil encontrar un baremo objetivo, pero una forma sen-
cilla de hacerse una idea es preguntar: ¿qué pasaría si toda esta clase de
gente simplemente desapareciera? Di lo que quieras sobre enfermeros/
as, basureros/as o mecánicos/as, es obvio que si se esfumaran como
una nube de humo los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un
mundo sin profesores/as o trabajadores/as portuarios/as pronto tendría
problemas, incluso uno sin escritores/as de ciencia ficción o músicos/as
de ska sería claramente un sitio inferior. No está del todo claro cómo
sufriría la humanidad si todos los/as ejecutivos/as del capital privado,
lobbyistas, investigadores/as de relaciones públicas, notarios, comer-
ciales, técnicos de la administración o asesores legales se esfumaran
de forma similar. (Muchos/as sospechan que podría mejorar notable-
mente.) Sin embargo, aparte de un puñado de excepciones (cirujanos/
as, etc.), la norma se cumple sorprendentemente bien.
Aún más perverso es que parece haber un amplio sentimiento de
que así es como las cosas deben ser. Esta es una de las fortalezas secretas
del populismo de derechas. Puedes verlo cuando los periódicos sensa-
cionalistas avivan el rencor contra los/as trabajadores/as del metro por
paralizar las ciudades durante los conflictos laborales: el propio hecho
de que los/as trabajadores/as del metro puedan paralizar una ciudad
muestra que su trabajo es realmente necesario, pero esto parece ser
precisamente lo que molesta a la gente. Es incluso más evidente en los
Estados Unidos, donde los republicanos han tenido un éxito notable
movilizando el resentimiento contra maestros/as o trabajadores/as del
automóvil (y no, significativamente, contra las administraciones edu-
cativas o los gestores de la industria del automóvil, quienes realmente
causan los problemas). Es como si les dijeran “¡pero si os dejan enseñar
a niños/as! ¡O a fabricar coches! ¡Tenéis trabajos auténticos! ¿Y encima
tenéis el descaro de esperar también pensiones de clase media y asis-
tencia sanitaria?”
Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral adecuado perfecta-
mente para mantener el poder del capital financiero, es difícil imaginar
cómo podrían haber hecho un trabajo mejor. Los/as trabajadores/as
reales y productivos/as son incansablemente presionados/as y explo-
tados/as. El resto está dividido entre un estrato aterrorizado de los/as
universalmente denigrados/as desempleados/as y un estrato mayor a
quienes se les paga básicamente por no hacer nada, en puestos dise-
ñados para hacerles identificarse con las perspectivas y sensibilidades
de la clase dirigente (gestores, administradores, etc.) – y particular-
mente sus avatares financieros – pero, al mismo tiempo, fomentarles
un resentimiento contra cualquiera cuyo trabajo tenga un claro e inne-
gable valor social. Obviamente, el sistema nunca ha sido diseñado
conscientemente. Surgió de casi un siglo de prueba y error. Pero es la
única explicación de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica,
no estamos todos/as trabajando 3-4 horas al día.
